Cecilia Arditto Delsoglio

Post Term: Paul, Abel

Il pleut…

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Jaume Plensa (recomendación de  Abel Paul) dibuja el espacio…

Jaume Plensa “Silent Rain” (2003)

 

… en diálogo con Guillaume Apollinaire.

Guillaume Apollinaire “Il pleut”; Calligrammes (1918)

Postales: Vitoria con Abel

 

Esperando en el Guggenheim Bilbao ¡en un sillón de Ikea!
Oteiza, la nada y el todo- San Sebastián.
Chillida, las olas y el viento – San Sebastián
Hola ola – océano Atlántico en general
Embanderados de San Sebastián
Bajas calorías – Centro Cultural Monte Hermoso, Vitoria
Arte ataka! – Centro Cultural Monte Hermoso, Vitoria

 

 Pasado pisado – Centro Cultural Monte Hermoso, Vitoria
Coleccionista – Café La Cepa, San Sebastián
Colección de colecciones – Café La Cepa, San Sebastián
No hay dos sin tres – Café La Cepa, San Sebastián
¡Ojo al piojo! – Bosque de Oma
¡Chau bombón! – Bosque de Oma

Todo lo que no

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Parafraseando a Abel… Como decía en el post anterior, es difícil hacer música de una fórmula. Me quede pensando en el por qué del no y me vino un pensamiento creo interesante para compartir.

Uno de los problemas de la música es cuando responde a una sola lógica. Una pieza que está basada en una única idea es como un microorganismo construido a partir de un solo rasgo. Creo que para seguir con el razonamiento de las fórmulas, una pieza de música debe tener más de una lógica, más de una razón de ser. Pero tampoco muchas, sino se vuelve incomprensible.
La combinación de esas distintas lógicas es lo que hace a la pieza un organismo vivo y único.

Geografías incompletas

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Gabriel Cerini escribió una pieza titulada Moratalaz y Vicálvaro. La obra consiste en cuatro trayectorias (o movimientos) que son reproducciones de recorridos reales que caminó Gabriel en Madrid. Estos recorridos están dibujados en un mapa-partitura a ser caminados en un espacio real (terraza, escenario, etc.).

Un caminante recorre los itinerarios en semi-penumbras, deteniéndose y alumbrando los puntos claves de las trayectorias del mapa con una linterna, única iluminación de la obra. En la performance, los mapas se van dibujando en la oscuridad. Salen de la nada gracias a la luz y vuelven a desaparecer también a la velocidad de la luz, o mejor dicho, a la velocidad de la linterna. Estos mapas son presente puro, ya que las trayectorias, engullidas por lo negro, desaparecen del espacio visual inmediatamente. Fui la intérprete de esta obra por eso no tengo la perspectiva del afuera de la pieza, pero fue una experiencia lindísima hacerla.

Otro trabajo que vi en estos días, es la muestra “Unrealized objects” del artista alemán Gunnar Friel a quién conocí en la residencia de la fundación ACA, en Mallorca, organizadores de nuestro concierto con Cerini, el Festival de Música contemporánea de Palma de Mallorca.

“Unrealized objects” reúne varios trabajos de Gunnar en distintos formatos. Uno de ellos es un video basado en un videojuego, donde el participante en lugar de seguir las reglas del juego, se escapa hacia el afuera del juego, el afuera entendido siempre dentro de la pantalla. El videojuego original es bélico, tridimensional. Tiene sonidos de ametralladoras. El avatar camina con sus botas de guerra, pisando pesadamente la hojarasca y alejándose, paso a paso, del perímetro del juego.

 

A medida que se aleja de la acción el paisaje digital se vuelve cada vez más surrealista: paisajes cortados, árboles que comienzan a flotar en un horizonte de unos y ceros, vacas muertas tridimensionales, que vistas desde atrás, son maquetas planas. Se ven escenografías olvidadas, agujeros, fisuras en la tierra… La hiper lógica del programa se toma una pausa y por los descansos del juego se cuela un sentido a medio construir.

“El ser humano tiende a darle sentido a la experiencia mediante la continuidad; lo que sucede se explica por lo que sucedió antes.” dice César Aira en Cómo me hice monja

Recuerdo de chica que cuando iba a San Clemente del Tuyú en carpa con mi familia, jugaba fichitas en los videojuegos. Mi juego preferido una carrera de coches que jugaba a mi manera. Lo que más me gustaba era irme a pasear con el autito por fuera de la ruta. Las opciones de paisaje de los juegos de aquella época no eran muy variadas: prados con florcitas dibujadas y, con mucha suerte, un tronquito tirado. En esa época había que pagar el tiempo en pantalla con una ficha, y jugando fuera de la ruta no se acumulaban puntos, por lo que se perdía rapidísimo. Mi desafío era ver cuan rápido se podía permanecer en los suburbios informáticos antes de volver, dolorosamente, a poner otra ficha.

 

El borde de las cosas también dibuja el afuera. En los mapas antiguos, ese borde era un elefante sosteniendo la tierra, o una catarata de agua que finalizaba con el mundo y arrojaba al barquito del viajero aventurero a los confines de la tierra o al mismo espacio exterior.
En los videojuegos, el mapa de afuera, despliega una fantasía a medio hacer cuando nos alejamos de los puntos a acumular. En la obra de Gabriel, el afuera es la oscuridad infinita, recortada fugazmente con el haz de la breve linterna.
El mapa es un pedazo de algo delimitado, estampado, fijo, partiturizado, apresado. Que, por lógica, delimita a la vez todo lo que queda fuera. En estos territorios tan conocidos nos encontramos con Abel Paúl.

 

Ahora, recién llegada a Buenos Aires para una estadía de dos meses, voy a ver cómo me va, en este reverso de mapa de un mundo conocidísimo.

 

Copy-right o el derecho a copiar

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Hablábamos ayer con Abel Paul acerca del significado del copyright en las ideas. Discutíamos acerca de todas esas ideas que en realidad no son de nadie, que de alguna manera están en el aire. Las ideas en general son colectivas, pertenecientes a un grupo de referencia, a una época. Muchas veces esa cosa de “ser el primero” en hacer algo, tiene algo más de rapiña que de adelantado a su tiempo. Hay gente que tiene más oportunidades que otra. O más suerte.
Si bien las ideas son bastante más generales de lo que nuestros egos admitirían, lo que son totalmente individuales son las responsabilidades: qué hace uno con eso que está en el aire y cómo.

Con los ojos abiertos

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El flautista canadiense Daniel Buscher hizo una version de mi obra “Música invisible” tocando de memoria, con los ojos vendados. Relacioné esta imagen tan poderosa con algunos conceptos del libro “La trampa de Goethe, una aproximación a la iluminación en el teatro contemporáneo”, de Gonzalo Córdova, regalo de mi amigo Pablo Fontdevila.

La obra en si misma es la desocultación de un ente y el espectador cierra su círculo. Si el actor lleva una venda en los ojos, ese sinsentido finalmente obligará a contemplar lo que los actores ocultan.
G.C.

Es un libro entre filosófico y poético, inspirado en “Estudios sobre el color” de Goethe, que en realidad son estudios sobre la luz.

Ahora el espacio es infinito y la luz forma parte de ese espacio en su doble condición, tanto como cosa que desoculta la verdad para que el espectador la redescubra y también como tiempo en la medida de la contemporaneidad de la revelación.
G.C.

La luz recorta una realidad posible entre tantas. Su límite con la oscuridad evidencia dos partes complementarias de un mismo fenómeno: lo oculto se sostiene con lo que se muestra. La pregunta de la oscuridad se formula a partir del territorio iluminado. La luz cuando ilumina crea lo que es. Y el ojo,  sostenido por las leyes de la física y la maquinaria de interpretación, mira.

Tomo la luz como metáfora de una música de cámara ampliada: lo que entra en el campo de representación no es solo visual, sino palabra, idea, concepto, sonido. Las categorías se mezclan: los oídos ven, los ojos escuchan. También en esta música-habitación se puede ver en la oscuridad.
El tiempo que transcurre ante el yo sentado, ante el yo contemplativo, es continuo. El tiempo es una película compleja expresada en colores, en texturas, en formas y volúmenes cambiantes. El ahora se mezcla a su vez con otros tiempos: los recuerdos, los sueños, los olvidos, los deseos. El análisis separa las categorías y dice qué es qué. La música conjuga todos estos parámetros simultáneamente en armonía.

Hoy hablábamos con Abel Paul de su obra “Vacíos” donde todo transcurre en bambalinas, con resonancias en un escenario vacío de intérpretes pero lleno de objetos accionados desde un no escenario.